Patrimonio Cultural

El patrimonio cultural del valle se concentra en dos cuestiones especialmente relevantes: el directamente ligado a la cultura pasiega, un enorme bagaje de cabañas, bodegos, cuvíos, molinos de río o antiguos senderos; y el que representa la arquitectura nobiliar clasicista del Conjunto Histórico Artístico de Liérganes, especialemnte concentrada en el barrio Mercadillo o la Plaza de Vitote.


Un recorrido valle arriba debe comenzar, no obstante, en el Palacio de Elsedo de Pámanes, de principios del siglo XVIII, una de las obras barrocas más representativas de la región. Presenta cuerpo de dos pisos sobre arquerías, dos torres, una de cuatro pisos con esquinal cilíndrico y otra de tres pisos, octogonal, esbelta y elegante, con chaflanes de pilastras acanaladas, ejemplar único de la arquitectura civil de Cantabria. Consagra varias salas, abiertas al público, a la exposición de obras de arte moderno de destacados artistas como Berrocal, Chillida, María Blanchard, Gutiérrez Solana, Vázquez Díaz o Pablo Serrano.

Liérganes es la siguiente visita, un pueblo montañés “en serio” como decía Víctor de la Serna de su Luzmela natal. Liérganes es tierra de hidalgos, y tierra de campesinos. La esencia del núcleo queda reflejada en la arquitectura popular, de casas montañesas con balcones y corredores, y en los buenos ejemplos de construcciones nobiliares, como la casona de los Setién, la del Intendente Riaño, o aquélla que dicen de los cañones, adornada por algunas de las armas que salieron de la antigua fábrica de artillería, que vino a situarse aquí para aprovechar la madera de los entonces frondosos bosques merachos, y de cuya actividad aún quedan vestigios, como la monumental presa sobre el río. La casa de los cañones en Liérganes es uno de los primeros edificios dieciochescos de la comarca. La integración de la portada, decorada, y el balcón, aunque en contraste aún con el resto de la fachada, son un avance hacia el barroquismo propio del nuevo siglo. El edificio responde a los cánones constructivos de la arquitectura civil madrileña de la época, como no podía ser de otra manera, pues el diseño fue concebido en Madrid, aunque ejecutado por canteros trasmeranos.


Es una casa de dos plantas, con fachada de sillería en la que destaca la puerta de arco adintelado y jambas con sillares almohadillados, de inspiración manierista. Ocupan la fachada un gran balcón de hierro forjado y el escudo de Cantolla Miera, con adornos de lambrequines y amores, sobre la Cruz de Santiago, rodeados los dos cuarteles por una bordadura cargada con siete veneras.

El Palacio de La Rañada, al Sur del núcleo, es buena muestra del poder que ostentan los linajes más acomodados del siglo XVIII, entre los que destaca, por su antigüedad el de Miera Rubalcaba, que se asienta en ese núcleo al menos desde el siglo XIV. Un majestuoso crucero, sin parangón en Cantabria, fechado en 1712, adorna el cierre de la finca de su casa solar, junto a la ermita de Santa María La Blanca.
El edificio se funda en 1718 sobre los restos de la antigua casa solar de la familia, de mediados del siglo XVI; se caracteriza por el aspecto cerrado del conjunto y por la planta en “U” que lo pone en relación con la tipología constructiva del palatium medieval, donde se recogen las rentas campesinas y los productos que provienen de los derechos de los señores feudales. En realidad responde al deseo de la arquitectura barroca por crear espacios libres, un modelo que se repite en la comarca en otras edificaciones del siglo XVIII, como la casa de Gómez Barreda en Saro, que presenta un cuerpo central prácticamente idéntico a este de La Rañada.


Este cuerpo central, al fondo, presenta una fachada de dos pisos en buena sillería: el bajo abierto por tres arcos rebajados y resuelto el superior mediante tres pequeños vanos con marcos refajados dispuestos simétricamente sobre los arcos. Los cuerpos laterales tienen distintas funciones, como habitación el situado al Norte y como capilla el meridional, bajo la advocación de la virgen de Guadalupe. Contraviniendo lo que suele ser habitual se dispone esta ala paralela a la fachada, con la cabecera de acceso en el exterior del perímetro que define la portalada de cierre del conjunto. Una inscripción sobre la puerta de acceso puede explicar tal ubicación: “Ganan 200 yndulgencias las personas que hicieren devotamente un acto delante de esta ymagen de nuestra señora de Guadalupe concedidas por el señor arzobispo de Zaragoza con facultad de Benedicto XIII”. Se pretendía sin duda la devoción pública, y de ahí la disposición, aunque también desde el interior de la corralada se puede acceder al templo.


Entre los elementos más destacados de la arquitectura religiosa es preciso detenerse en las Iglesias de San Pantaleón y San Pedro Advíncula.


Resulta llamativo el hecho de que prácticamente no existan construcciones religiosas que hayan pervivido de los siglos XIV y XV, dándose un vacío en la Baja Edad Media que tal vez tenga algo que ver con la situación de penuria que debió atravesar toda la zona Norte de la comarca en esta época y al menos hasta la llegada del maíz en el siglo XVII. En cuanto a la mitad Sur aún no existían núcleos estables de población de cierta entidad, y resulta más fácilmente comprensible la inexistencia de templos de esta etapa. Ocurre sin embargo en muchos casos que sobre los templos góticos se han reedificado después otros de épocas posteriores y los rasgos de aquélla etapa aparecen a cuenta gotas, enmascarados en la nueva arquitectura, o simplemente han desaparecido. El mejor ejemplo de arquitectura religiosa de esta época es la iglesia de San Pantaleón de Liérganes, que se localiza en un altozano al Sur del pueblo, desde donde destaca la figura prismática de la torre adosada al muro Oeste. Mantiene algunos rasgos de tradición románica a pesar de que ha sido fechada por algunos autores en la segunda mitad del siglo XIII.


La ampliación del edificio original al de tres naves se lleva a cabo durante el siglo XV. De esa etapa constructiva son característicos los arcos escarzanos del muro de la Epístola o los sobrios capiteles corridos con decoración de cruces, cabezas humanas, pájaros picoteando uvas o cuadrúpedos.


La torre pertenece al entresiglos con el XVI, y presenta arcos apuntados en el piso inferior y de medio punto en el superior. Una de las troneras se cerró en 1747 al instalarse allí un reloj mecánico.


En el exterior llaman la atención las cornisas y canecillos de caveto con esquemáticos intentos iconográficos, aunque tal vez el aspecto más destacable sea la puerta del muro orientado al Norte, con arco apuntado y arquivoltas de baquetones y medias cañas sin decoración y cimacios lisos.


La iglesia de San Pedro ad Vincula es uno de los pocos ejemplos de arquitectura religiosa renacentista de Cantabria y responde al modelo de planta de salón y grandes espacios interiores. Se levanta en distintas fases desde 1591 sobre un templo anterior, posiblemente románico, del que aún se aprecian restos en el ábside.
Cuenta con tres naves, ábside poligonal y una bella portada de orden dórico, enmarcada en arco triunfal y rematado en frontón partido, además de una sólida torre del siglo XVII. Merecen especial reseña las imponentes dimensiones y la solidez del templo.


Aramburu Zabala ha definido al templo como una “iglesia columnaria de planta de salón”, que como se ha dicho responde a un tipo constructivo con tres naves de la misma altura, divididas mediante columnas toscazas y cubiertas con bóvedas de crucería. Una de las razones de ser de este tipo constructivo, es la disponibilidad de amplios espacios interiores para realizar enterramientos.


Del interior es preciso destacar el retablo mayor, obra de Francisco de la Torre y Tirso de la Cidre, en un marco aún clasicista (con el máximo exponente en la conjunción entre basamento, columna y arquitrabe), pero mostrando ya de manera incipiente rasgos barrocos.


No sería completo un recorrido por los exponentes de la cultura y la arquitectura del valle sin finalizar en la catedral de Miera, Santa María de la Cárcoba, edificio que llama la atención por sus grandes dimensiones y monumentalidad. El origen del templo hay que buscarlo en un antiguo monasterio benedictino que estuvo originalmente dedicado a San Juan y perteneció a la abadía de Santander desde 1099.


A finales del siglo XV comenzaron las obras de construcción por la cabecera, siendo los elementos más antiguos el presbiterio y los pilares del crucero con sus molduras y capiteles góticos. Entre los siglos XVI y XVII se levantan la nave central, las bóvedas de terceletes que la cubren, parte de la portada principal, que se concluye en el XVIII bajo criterios más propios del barroco churrigueresco, y la torre con su cuerpo de campanas.


La Torre se construyó en 1620 y fue reparada en torno a 1680, cuando se levantó el cuerpo de campanas. Este contrasta ahora con el barroquismo de la espadaña, al mostrar rasgos nítidamente clasicistas, con pilastras toscanas y remates de bolas herrerianas.


Las tres grandes bóvedas de terceletes de la nave central aparecen decoradas con pinturas de temas geométricos y figuritas angélicas. Acoge un excelente conjunto de retablos barrocos del siglo XVII, siendo el mayor, uno de los más relevantes de la región, obra de Hernando de Malla.


Sin abandonar esta localidad, La cueva de Sopeña (Salitre II), ofrece la posibilidad de pasear una gruta de enorme belleza, descubrir la vida cotidiana y espiritual de los habitantes paleolíticos del Alto Miera, y conocer como hibernaban y morían los imponentes osos de las cavernas.

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